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Verano 2017

Viajamos una vez mas a Houston para visitar a mi familia política. Ésta vez sin acontecimientos especiales, sin bodas ni entierros, solo visitas, y la oportunidad de ampliar nuestro horizonte y viajar mas allá de la ciudad.

Apenas dos días tras el aterrizaje nos fuimos a Nueva Orleans. Solo el camino ya fue fascinante. Una parte de la carretera se encuentra, literalmente, sobre un pantano. Varios kilómetros de agua estancada rodeada de la mas espesa vegetación, dándole sentido literal a la frase “los árboles no dejan ver el bosque”, sobre la que hay un puente en cada dirección con una carretera en la que, rezas, no tener un accidente o quedarte sin gasolina.

En total fueron 5 horas en las que dan para hablar mucho. Hablamos de Nueva Orleans, de la historia de la ciudad. De cuando fue España, de cuando fue Francia. Y sobretodo del huracán Katrina. La última vez que Carlos había estado en la ciudad fue antes del mismo. Se preguntaba como habría cambiado la ciudad desde entonces. Sabemos los hechos. Katrina golpeó la ciudad en 2005. Los vientos y las lluvias eran fuertes, pero la ciudad aguantaba, y nada parecía augurar el desastre que fue. En cierto momento reventaron los diques en mal estado que rodean la ciudad y el agua subió y subió y subió. El primer piso. El segundo. La gente subida a los tejados, sin agua, sin comida, empapados en aguas sucias, esperando, helpless. Bush no envió ayuda en días, multiplicando la tragedia exponencialmente. Unas 1800 personas murieron. Cuando por fin se evacuó, muchos de ellos se refugiaron en Houston. Abrieron el estadio como centro de emergencia. Miles de personas acudieron. Carlos y su padre estuvieron ayudando como voluntarios. Carlos recordaba historias horribles de escapes desesperados, familias separadas, miradas perdidas y eccemas en la piel. Historias de pobreza que empeoraron tras la reconstrucción, llevada a cabo por grandes empresas en busca solo de su propio beneficio.

Nueva Orleans - French Quarter

Aquella tarde-noche visitamos el French Quarter. Una desproporcionada cantidad de músicos de jazz de gran talento se repartían por una ciudad visiblemente pobre, llena de tradiciones y de rincones emblemáticos, luchando por sobrevivir a pesar de estar claramente prostituida al turismo de borrachera. Al día siguiente, entre el calor insoportable, los dolores menstruales, y un jet lag persistente, recibimos la horrible noticia. Barcelona había sido golpeada por un ataque terrorista. Los rumores se mezclaban con los hechos y durante las primeras horas era difícil hacerse una clara idea de qué había pasado. Me aseguré de que mi familia estuviera bien, también de que aquellos amigos que trabajan junto a las Ramblas estuvieran ilesos. Y no supe qué mas hacer. A quien llamar. A quien preguntar. Literalmente todas y cada una de las personas que conozco en Barcelona o los alrededores podían haber estado allí. De paseo. Podían haber sido atropelladas. Solo hacía que actualizar una y otra vez la alarma de facebook, esperando que la gente hiciera click en “estoy bien”. Carlos recibió una llamada del New York Times pidiendo cobertura del atentado, al día siguiente volvimos a Houston.

De vuelta pasamos, eso si, por el parque natural de Atchafalaya para ver si podíamos adentrarnos en un pantano. Pero el desconocimiento de la zona, la certeza de estar en el habitat natural de los caimanes, los mosquitos, y el temor de que apereciese un blanco con escopeta y una bandera confederada, nos hizo durar poco. Teníamos un sabor de boca extraño. La tristeza de lo ocurrido se sumaba al no poder estar ahí. Como si le fallara a mi ciudad, a mi hogar, a mi gente, por no sufrir el luto con ellos. Una especie de sentimiento de culpa por estar de vacaciones mientras los demás lloran. Así como la alegría que supone la oportunidad de escribir en el NYT sumada a la tristeza de aquello que uno tiene que escribir. He aquí su artículo.

Pasaron varios días de digestión lenta de emociones, entre fact checking, visitas a amigos y familiares, y un eclipse solar. De ahí nos sumamos a Marta, Jose, Sara y Marko, y nos fuimos de visita a Austin.

Austin crew

Otro camino fascinante. Recuerdo un instante. Un ave gigantesca batió sus alas delante nuestro y pasó por encima del automóvil. Quizás un águila, quizás un buitre. Se marchó hacia el horizonte sin montañas, hasta convertirse en un punto negro en el cielo azul. En la llanura, algunos árboles grandes de sombra espesa protegían del sol a vacas de cuernos largos. De fondo una refinería que parecía una fábrica de nubes. Las nubes parecían hechas de algodón, dulces, comestibles, casi al alcance de la mano.

Había estado en Austin anteriormente, pero durante apenas un día. Nunca tuve la sensación de conocer la ciudad. Ésta era la oportunidad. Austin es una extraña pero perfectamente balanceada mezcla entre una ciudad muy hipster y muy tradicional-tejana. Como ciudad universitaria tiene mucha juventud, vida nocturna y buena música en directo de todo tipo. Houston tiene una enorme comunidad latina y Nueva Orleans es principalmente negra. Austin es muy blanca. Las tres demócratas.

Cada día, al anochecer, ocurre un espectáculo de lo más interesante en la ciudad. Bajo el South Congress Bridge viven cerca de un millón y medio de murciélagos que, cada día, salen de su escondite en un chorro continuo y veloz que dura entre 2 y 3 horas dispuestos a pasarse la noche comiendo mosquitos. Solo se les puede ver durante la primera media hora, después la falta de luz lo impide, pero cada día del año se reúnen cientos de personas sobre y al rededor del puente para verles partir. Visualmente el fenómeno es menos espectacular de lo que es el concepto. Pero la experiencia es bonita y recomendable.

Austin - South Congress Bridge

Como cada año en verano en el golfo de México, es época de huracanes. Muchos se forman, pocos llegan a tierra, cuando lo hacen pierden mucha fuerza. Algunos son solo molestos, otros peligrosos. En cualquier caso uno solo puede echarle un ojo a la sección del tiempo de las noticias o visitar la página nacional del clima, donde observar los radares, leer las predicciones, y esperar a ver qué ocurre. Estando aun en Austin, pasando el día en el río, parecía claro que el huracán Harvey se nos iba a acercar demasiado. No solo el radar, también el cielo empezaba a avisar, llegaban las primeras lluvias.

Volvimos a Houston y suspendimos el que iba a ser el último fin de semana del viaje en Texas, que teníamos la intención de pasar todos de barbacoa en la casa de Galveston. Galveston fue la primera ciudad en EEUU en tener electricidad. Su gran puerto la convertía en una ciudad aventajada, la capital del sur. Pero estar en esa costa tiene sus consecuencias. Un huracán la destruyó casi al completo en el año 1900. La capital económica se trasladó a Houston, mas al interior, mas a salvo. Las casas cerca de la playa que se construyeron desde entonces están sobre pilares, estando el primer piso vacío (mas allá del garaje), para proteger los hogares de las inundaciones, pero son totalmente de madera y no soportan muy bien el viento. Así que si se acerca un huracán, no quieres estar allí. Nos quedamos en Houston.

Se iba acercando Harvey y el nivel de alarma general iba subiendo. Nuestro vuelo de vuelta debía partir lunes y todo apuntaba a que lo perderíamos. Ya se estaban suspendiendo todos los vuelos del fin de semana en prevención y el lunes no sería menos. La gente empezaba a provisionarse de agua, comida y gasolina. Uno quería estar tranquilo, quería creer que nada pasaría. Que el huracán perdería fuerza al tocar tierra. Que estaría lejos y no nos alcanzaría. Pero Harvey crecía, se aceleraba, y venía directo. La gente hacía bromas. Se lo pasaba bien. Se aprovisionaban, también, de cerveza, vino y snacks, y pensaban en hacer una hurricane party, convencidos de que lo único que ocurriría era que estaríamos aislados unos días. “Vas a vivir una experiencia 100% huostoniana” me decían con alegría, pero no me hacía la más mínima gracia, quería irme a casa, pero ya era tarde, Harvey estaba demasiado cerca y volar era peligroso.

 

Harvey

El sábado por la noche fue la peor noche. Sara y Marko estaban en casa de Pablo y Kelly. Marta, Jose, Carlos y yo estábamos en casa de sus padres, Jorge y Conchita. En casa de sus padres había entrado algo de agua durante las tormentas de hacía 3 años. En la casa de Pablo no lo sabemos, llevan solo un año viviendo allí. Llevábamos dos días de lluvias suaves, pero el sábado todo cambió. Harvey tocó tierra en Corpus Cristi, y mientras los vientos del ojo del huracán les golpeaban a ellos, la cola del huracán, la que llaman la parte sucia, que contiene grandes cantidades de lluvia, estaba encima de nosotros.

Houston tiende a inundarse. Es una ciudad pantanosa que se encuentra bajo el nivel del mar y las lluvias tropicales que hay cada verano no pasan desapercibidas. La ciudad está, en teoría, preparada. Tiene mas de 100 bayous repartidos por toda la ciudad, muchos de ellos edificados para asegurar la gran capacidad de los mismos, que drenan el agua de toda la ciudad en caso de inundación. Además, las amplias zonas verdes que hay por toda la ciudad absorben el agua de la lluvia con relativa facilidad. ¿Cuál es el problema? Por un lado, el crecimiento de la ciudad ha edificado en muchas zonas que deberían seguir estando libres. Por otro lado, las lluvias son, año tras año, mayores, y lo que era suficiente para drenar la ciudad hace una década, ha dejado de serlo. En el momento en que los bayous se llenan mas rápido de lo que drenan y desbordan, se crea el desastre. El nivel del agua empieza a subir en las calles y poco a poco alcanza las casas. Una vez el agua entra en tu casa estás perdido. El agua está sucia y puede tardar días en bajar, así que todo lo que toque el agua es basura: suelo, muebles, y lo mas importante, paredes. Las paredes se han de retirar lo antes posible para que las vigas, que son de madera, respiren y no se cree moho. Si el agua y el moho dañan demasiado la estructura, hay que echar la casa abajo.

Reamer St - sábado por la noche

El sábado por la noche, cuando nos fuimos a dormir, los bayous ya habían desbordado y la calle frente a la casa era un río. Lo que algunos había creído que iba a ser divertido empezó a perder la gracia. El radar no mostraba buenas noticias. Nos esperaban horas y horas de lluvia muy intensa. A las 4 de la mañana nos despertó mi suegro. Había empezado a entrar agua en la casa, primero por el baño, luego por una habitación, luego por otra. Estaba entrando agua por toda la casa poco a poco pero sin parar. Hicimos las maletas y las pusimos sobre el mármol de la cocina, nos aseguramos de tener los pasaportes seguros y localizados, nos subimos al sofá y esperamos. Esperábamos una tregua, que parara, que dejara de llover, que bajara el nivel del agua. O esperábamos a no poder esperar mas y evacuar. Solo esperábamos.

Marta, Jose y yo estábamos con la perra en el sofá. Nunca habíamos vivido algo así, esperábamos órdenes. Carlos, Jorge y Conchita daban vueltas, hablaban, sopesaban, decidían. El agua seguía subiendo. Ya llegaba a media pierna dentro de casa. La perra, Ubiña, estaba muy inquieta, le tiene miedo al agua. El parqué flotante se iba hinchando, las placas se iban desmontando, creando peligrosos ángulos. Pisabas en un lugar, todo crujía y los muebles del otro lado de la habitación se movían. Antes de que el agua alcanzara los enchufes, quitamos la luz. Sin el aire acondicionado, se creó un ruidoso silencio. Aun estaba amaneciendo y las espesas nubes no dejaban pasar casi luz. Estaba oscuro y solo se oían dos cosas: lluvia y ranas. El mas intenso era el sonido de las ranas. En mi mente, mientras abrazaba a la perra y veía el nivel del agua subir, cantaba una nana a la lluvia, y pedía por favor ser de los que ayuda, y no de los que necesita ser ayudado. Durme meu neno durme…

Debían ser las 9 de la mañana cuando el agua ya había empapado por debajo el sofá de cuero y empezaba a traspasar, nos mudamos a la cama, un poco mas alta, donde había estado el gato Nemo todo este tiempo. No duramos mucho allí. Era evidente que debíamos desalojar. El agua en la casa llegaba por la rodilla y empezaba a colarse por las ventanas. Mi suegro habló con el vecino de al lado, una familia de migrantes chinos, con una casa de dos pisos. Ellos ya estaban arriba, obvio. El garaje también disponía de un segundo piso, una habitación con un mini porche, sin baño, al que se accedía desde el jardín trasero y del que abrieron las puertas para nosotros. Agarramos lo básico (pasaportes, agua, móviles…) y nos fuimos los 6, con la perra en brazos de Jorge, y el gato envuelto en una toalla en los míos.

Desde la casa del vecino. El barrio es un pantano.

Allí estuvimos las siguientes 6 horas. Durante las treguas de lluvia veíamos helicópteros de rescate inspeccionando la zona, rescatando gente de los tejados. Nos alegramos de no ser uno de ellos, de no necesitarlo. Vimos gente saliendo de su casa, usando kayaks para llevar sus cosas, en la calle, el agua llegaba a la altura de la cadera. Pudimos hacer un par de viajes a la casa, ir a buscar comida, toallas para secarnos, una solución para ir al baño… Lo básico e imprescindible. Me gustó que ante la pregunta “necesitáis algo” la respuesta fuera “no, nada”. Modo supervivencia. Con comida, agua, un techo, y un mínimo de higiene, no necesitábamos nada mas.

Habíamos estado toda la noche en contacto con Pablo y compañía. A ellos a penas les había entrado agua. La que les entró la pudieron achicar. Habían pasado la noche en vela pero a salvo. También estuve en contacto con mi familia, a quienes resumí lo sucedido: estábamos secos y a salvo, esperando mejorar nuestra situación, pero fuera de peligro. El radar mostró una tregua larga, se preveían varias horas sin lluvia, el nivel del agua empezaba a bajar muy lentamente, pero bajaba y decidimos movernos. Jorge y Carlos se fueron a inspeccionar primero. Fueron a ver si se podía llegar hasta casa de Pablo caminando, y si. Por lo visto su llegada fue épica. No creían que llegarían tan lejos y no iban precisamente preparados. Carlos iba en calzoncillos, que mojados dejaban poco a la imaginación. En la puerta de casa de Pablo estaban él y Marko hinchando un kayak para venirnos a buscar. Se emocionaron al ver a Carlos y Jorge , que caminaban costosamente con el agua por la pantorrilla, y bromearon con poner la canción de Terminator 2.

Supervivientes

Volvieron a por nosotros y fuimos todos, por fin, a casa de Pablo. Estar 10 personas, 3 perros, 3 gatos y un conejo en una casa de 2 habitaciones y 1 estudio no es la situación ideal, pero los sofás, los colchones inflables, y la necesidad, hacen mucho. El camino no fue fácil. En las intersecciones había corrientes de agua mas o menos fuertes, íbamos por las aceras, donde el agua cubría menos, pero eso también implicaba que el suelo era mas inesperable. La tierra a veces se hunde, la hierba puede resbalar, el pavimento está mal puesto. Nunca sabias exactamente donde estabas pisando porque el agua era turbia y había que ir con mucho cuidado. El paisaje, por otro lado, era extrañamente hermoso. El barrio entero se había convertido en un pantano. Las aguas cubrían toda la calle, no se veía la carretera, ni la acera, ni la hierba. Sobresalían los árboles, algunos matorrales altos, y las casas tenían agua hasta la mitad. Todo estaba tranquilo, inmutable, silencioso, solo se oían las ranas. Era una belleza post-apocalíptica pero belleza al fin y al cabo. Se quedará para siempre grabado en mi retina. Pero en esas calles encontraron un caimán hacía a penas dos días, y en el agua de los bayous hay habitualmente tortugas de grandes mandíbulas que bien fácilmente te pueden arrancar un dedo, culebras, hormigas fuego que flotan hechas una bola. Mucha fauna no deseable en un agua literalmente llena de mierda. Debíamos ser rápidos.

Esa noche fue difícil. Durante el primer día, con la adrenalina del momento, uno no siente miedo, estás preparado para hacer lo que haya que hacer y ya está. Pero la segunda noche, al intentar dormir, me vino a la mente todo lo que acababa de pasar, toda la emoción, todo el peligro, me costó dormirme y mas aun permanecer dormida. Que los móviles estuvieran conectados aun sistema de alertas y sonaran todo el día advirtiendo de peligro de inundación y tornados, no ayuda. Me desperté muchas veces esa noche, miraba por la ventana, para ver por donde estaba el agua (que cubría la calle), o tocaba el suelo de la casa, para comprobar que estuviera seco. El temor de que la inundación se repitiera era agobiante (he tenido pesadillas durante semanas). Y mas porque ahora eramos 10 personas, una de ellas embarazada, y mas animales, en una casa mas pequeña, con un diminuto piso de arriba al que me daba mas claustrofobia que seguridad tener que subir. Afortunadamente no pasó nada. No llovió tanto así que no entró agua. La tercera noche todavía menos, y al cuarto día salió el sol. Hermoso hermoso sol.

Primer día sacando escombros

A partir de entonces empezó otra odisea. Nuestro barrio estaba despejado, pero no toda la ciudad. Los aeropuertos seguían cerrados al igual que muchas carreteras. Marko y Sara pudieron viajar por fin a Midland por tierra. El resto ocupamos nuestros días enteros en ir a la casa de mis suegros y pasar horas y horas trabajando en ella. Arrancando moquetas, quitando parqué, tirando muebles y su contenido, cortando y arrancando las paredes… Fueron días duros física y emocionalmente. Tirar a la basura la casa en la que has invertido tus últimos 30 años, donde han crecido 4 hijos, no es fácil. Todo tiene una historia, todo tiene un recuerdo, todo es basura ahora. Tres días mas tarde Marta y Jose consiguieron subirse a un avión. Nos vinieron a ayudar también varios amigos de la familia, un primo de Carlos y un amigo suyo. Había mas gente que nos traían comida cada día y nos ofrecían lo que pudieran darnos. La comunidad se volcó en ayudar al prójimo. Amigos o familiares sobretodo, pero también desconocidos, voluntarios que iban de casa en casa ayudando donde hiciera falta. Aquello fue hermoso. Y si, me hizo sentir parte de la comunidad.

Tras el cuarto día trabajando en la casa, cuando el cuerpo ya no podía mas, y 6 días mas tarde del que era originalmente nuestro vuelo de vuelta, pudimos por fin subir a un avión y volar a Barcelona. La última noche fuimos a tomar algo con amigos. Algunos de ellos habían sido afectados también, otros no, pero ayudaban a los que si. Todos estábamos agotados y necesitados de una desconexión. Fue extraño salir de ese ambiente y ver a gente que no parecía cansada, llevaban vestidos, tacones, maquillaje, camisas planchadas… No, ellos no habían sido afectados. Vivíamos distintos mundos. Un tercio de la ciudad fue afectada, aquellos que viven en los suburbios, en zonas mas elevadas de la ciudad, no.

Nos fuimos con una sensación de abandono. De estar abandonando a aquellos que nos necesitan. Desde luego no fue una experiencia que a uno le apetezca repetir, pero una vez pasada la zona de peligro, nos alegramos de haber estado ahí, de haber podido ayudar a sus padres. Tener que haber hecho todo aquello solos hubiera sido muchísimo mas duro. Tampoco había mucho mas que pudiéramos hacer nosotros por ellos. Pero sabíamos que nada volvería a ser igual. Cuando volvamos no sabemos qué será de la casa, si la conservarán, si la echarán abajo, si la remodelarán por completo y será irreconocible. Avia, la abuela, también perdió la casa donde llevaba viviendo 60 años, donde crió a sus 6 hijos y acogió a sus 19 nietos. Solo saben que donde vayan irán los tres, pero Harvey ha marcado sin duda un antes y un después en la vida de nuestra familia y de todo el barrio, que augura desaparecer por encontrarse ahora en una zona en constante peligro de inundación.

Adiós

El paisaje desde el avión era desolador. Mientras en nuestro barrio había bajado el agua relativamente rápido cuando las lluvias pararon a los 3 días, había barrios que no habían sido tan afortunados. Los diques que rodean la ciudad estaban llenos, y por temor de que desbordaran o reventaran, como ocurrió en Nueva Orleans, aun no había parado de llover y ya anunciaron que estarían soltando agua controladamente durante los siguientes 15 días. En esas zonas, en esos barrios, a pesar de que parara la lluvia, el agua no bajaba. Durante dos semanas sus casas seguían sumergidas en el pantano. Desde el avión vimos algunas de éstas zonas y otras mas al sur del Estado. Pudimos ver cuál era el curso natural del río y a su alrededor gigantescas zonas anegadas. Pudimos intuir urbanizaciones enteras de cuyas casas solo se veían los tejados.

Nosotros eramos privilegiados por que nos íbamos, pero los que se quedan tienen la peor parte. Ha pasado ya un mes de tirar recuerdos, de negociaciones con el seguro, de balancear opciones, de hacer números, y hasta la semana pasada mis suegros no parecían tener un plan definido de qué hacer con la casa. Les quedan por delante meses de obras mientras viven en un apartamento de alquiler. Números de 6 cifras de dólares en reconstruir el hogar, del que el seguro no les cubrirá ni la mitad. Y ellos son los afortunados. Ellos tienen trabajo, y aunque a los 60 años uno ahorra para la jubilación y no para comprarse otra casa, por lo menos tenían ahorros. Hay mucha gente que no tiene tanta suerte, que está mucho peor, y las ayudas del Estado dan para poco y menos. Especialmente porque nos íbamos de allí con los ojos puestos en el siguiente huracán, Irma, que azotó Florida unos días mas tarde (no sin antes pisar fuerte en otros países del golfo) y cuya población va a necesitar, también, una gran ayuda. Luego María golpeó Puerto Rico.

Ésto no es normal. Tres huracanes fuertes, mas fuertes de lo que uno puede recordar. Con patrones distintos, extraños. Que ni perdían fuerza ni se movían apenas en horas, en días. Que si no fueron tan mortales fue parte por suerte, parte por la rápida actuación. También los terremotos en México. Los incendios al norte del continente afectados por la sequía. Mas terremotos al otro lado del globo terráqueo. No era normal, pero es la nueva normalidad. Quién niega el cambio climático es ciego y sordo a voluntad. Cuando aterrizamos en Barcelona, el fenómeno post-atentado se había convertido en una pelea de niños de colegio, de “esto es tu culpa porque lo sabías y no me dijiste nada”, de “eso te pasa por creer que sois autosuficientes y no preguntar”, de “pues ahora me enfado y no te adjunto”, y “pues ahora soy yo el que me voy pero por que quiero”. Y cuando mas nos tenemos que unir para combatir un problema común, mas se centran en estupideces e ignoran el cielo cayendo sobre nuestras cabezas. Shame, shame…

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Publicado por en 4 octubre, 2017 en txt, Viajes

 

Por esa gran mujer

Éste año, en nuestra visita a Houston, llegamos tarde.

Llegamos tarde para despedirnos de tio Quico, Enrique Raso, llegamos tarde para despedirnos de Avi, Lluís Delclós, y llegamos tarde una vez mas para despedirnos de Karma, la gatita que Carlos adoptó en la universidad.

Llegamos a tiempo, eso si, para alguno de los muchos actos conmemorativos que se realizaron en nombre de Avi. Mucho oímos sobre él, sobre sus logros en el campo médico, sobre lo feliz que había hecho a su gran familia, sobre su infancia, sobre sus viajes, sobre su inteligencia, sobre su migración a estados unidos, sobre su amor por la comida.

Algo eché de menos entre todas esas palabras pero que tampoco me atreví a decir yo, pues llevo poco en esa familia y lo de hablar en público no es lo mio. Eché de menos conmemorarla a ella, a Avia, a Teresa Clanchet. No me gusta usar esa frase de “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”, no me gusta porque sitúa a la mujer detrás, en un segundo plato, con menor importancia, pero no negaré el acierto de la frase en ésta situación. Avia siempre estuvo ahí, no detrás, si no al lado, y por lo menos la mitad de lo que Avi hizo en su vida, desde que le conoce, merece agradecimiento a Avia también. Es un secreto a voces que esa mujer era imprescindible en su vida, y por supuesto también en la de sus hijos y nietos.

Ésta vez tocaba conmemorarle a él, pero de todos los presentes, yo la conmemoro a ella. Porque Lluís ya no está aquí ni tiene de qué preocuparse. Pero Teresa tendrá que seguir luchando, y ahora con el dolor de la pérdida. Afortunadamente tiene una gran familia que le ha dado, le da y le dará todo el amor que esté en sus manos. Pero el vacío que deja un compañero, no se puede llenar.

Molta força Teri, t’estimem moltísim, i tens el nostre recolçament pel que faci falta, ara i sempre.

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Publicado por en 25 julio, 2016 en txt, Viajes

 

Violencia en 6th street

Austin, TX, Estados Unidos. Sábado por la noche.

Cada fin de semana, como buena ciudad universitaria que es, el centro de la ciudad se llena de jóvenes saliendo de fiesta, 6th street es la calle mas popular. La calle y los bares estaban llenos. Nos encontrábamos en un bar llamado Sing Loud, donde dos pianos, con sus pianistas, interpretan versiones, se duelan mutuamente, invitan a clientes al escenario y bromean alegremente, mientras los presentes disfrutan del espectáculo tomando una copa sobrevalorada.

Eramos ocho chicas celebrando el próximo enlace nupcial de nuestra amiga (futura cuñada) Kelly. Había sido una mañana maravillosa en el río San Marcos, una tarde relajada en la piscina, una noche divertida de baile, y Kelly cantando en el escenario la primera canción que bailó con su futuro marido a duo con el pianista, había sido la guinda del pastel.

Eran casi las 2 de la mañana y el mencionado bar, junto a todos los demás, se disponía a cerrar. Salimos y la calle estaba abarrotada de todos aquellos que estaban abandonando sus locales. Entre el gentío, seis policías montados atravesaban la calle en formación. Algo oyeron que les hizo girar. Saqué la cámara y me puse a grabar. Arrearon a los caballos y cargaron contra la multitud, que corría hacía donde podía presa del miedo. Tenían dos objetivos: despejar la calle rápido y a la fuerza, y una chica.

Entre dos policías acorralaron a la joven. De aspecto latina. Menuda. Top negro, falda roja. Uno de ellos le agarró de la melena desde el caballo mientras el otro se aseguraba que nadie se acercara. La chica luchaba por desprenderse, golpeando torpemente el musculado pecho del equino. En algún momento se escapó de las garras del policía, pero el otro le agarró de igual bárbara manera. Un joven se acercó. Quizás su novio, quizás su amigo, quizás un completo desconocido. Se acercó para defenderla y arremetió verbalmente contra el policía, cuestionando su juicio y su desmedida actuación. Entre la multitud confusa e inquieta apenas pude oírle. Pero escuché algo así como “¿Qué vas a hacer, sacar el arma?”.

La mitad de mis amigas estaban ya lejos del escenario. Una de ellas intentaba alejarnos de ahí a las que aun quedábamos. We gotta go, we gotta go, we gotta go… Un vecino tiró agua desde un balcón a los policías, que seguían reteniendo a la chica del pelo. Pero lo que me hizo decidirme a irme fue escuchar la palabra gun repetidas veces. Ésto no es España, pensé, aquí la policía dispara y mata por menos que ésto. Y me alejé. No vi ni grabé lo que sucedió después, pero algunas de mis amigas si, vieron como echaban spray pimienta al chaval que la defendía. Los curiosos que quedaban, ahora si, huímos despavoridos. Pude oler el vómito que provocó el ataque con el spray. Vi tres chicas huyendo de allí con los ojos llorosos tapándose nariz y boca. Vi también como entre 4 policías montados y dos a pie se llevaban, arrastrándola del pelo, a la chica del principio, hacia las furgonetas que tenían aparcadas en la esquina.

No encontramos mención de los sucedido en twitter. Tampoco en ningún telediario. El mundo estaba demasiado absorbido por los policías abatidos en Dallas unos días antes. Y no había noticias por algo muy sencillo: lo sucedido no era nada extraordinario, ese es el día a día en las calles de Austin. En cuanto empiezan a cerrar los bares, la policía montada desaloja la calle a hostias. No se les ocurre que las muchedumbres necesitan un tiempo para deshacerse naturalmente. No se les ocurre que cada uno ya estaba, antes de que llegaran, dirigiéndose lentamente hacia sus casas. No se les ocurre que con su presencia, con su actitud, con sus acciones, estén creando de la nada situaciones peligrosas para todos los presentes (transeúntes, vecinos, policías y caballos). No se les ocurre que éstas acciones no hacen mas que generar odio. Que la violencia genera violencia. Y quien empieza tiene la mayoría de la culpa.

 
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Publicado por en 10 julio, 2016 en txt, Viajes

 

Ayer cerré los ojos y el mundo desapareció

Los límites de mi cuerpo se volvieron difusos, palpitantes, crecían y se encogían. Dolía. Todo mi perímetro dolía, y mi coronilla mas aun. Tuve que aprender a dejarme llevar. A dejar que mi cuerpo se disolviera en cada expiración. Me dejé ir. Oía pájaros. El dolor cesó y mi cuerpo se disolvió un poquito. Me dejé ir mas y mi cuerpo siguió disolviéndose. Hasta que de mi cuerpo no quedó nada. Todo mi perímetro se desdibujó y solo quedaron ondas y el sonido de pájaros en un parque con una fuente.

Pasaba la lengua por mis dientes y se dibujaban todos y cada uno de ellos, por delante y por detrás. Veía su forma con una linea azulada que se volvía a desvanecer en cuanto mi lengua dejaba de tocar esa zona. Mi boca era entonces una playa, la lengua el mar, el paladar el cielo. Y yo volvía a desaparecer. Solo sentía la coronilla, como si tuviera un pesado cono que me oprimía el cráneo. A ratos los pies. A ratos una presión en el útero. Pero al margen de eso no había nada. Solo ondas. Ondas finas y gruesas, amplias y estrechas, rápidas y lentas, que se acaban convirtiendo en una sola onda tridimensional. Porque en realidad solo existe una onda. Un manto de color amarillento que ondulaba en todas direcciones como un mar mecido por el viento. Todo estaba allí. Yo estaba allí. Pero yo no era yo. Yo no era nada. Nada era nada. Mi cabeza asomaba por el manto de la conciencia solo por que allí estaba poniendo mi atención. Cuando puse la atención en mi atención, desapareció. El cono del cráneo desapareció. Mi mente asomando por el manto desapareció. Y yo no era nada. Formaba parte del todo.

El manto era solo una capa. Uno de infinitos mantos formando otro manto. Que a su vez no eran mas que una estrella en un universo. Que a su vez no era mas que una estrella de otro universo. Que a su vez no era mas que el brillo en el iris de un gato de otro universo. Y así vi la inmensidad, vi el infinito. Vi la nada. Vi el todo. Y no tuve miedo. Porque no había nada que tuviera mas sentido que dejarse llevar. Cualquier cosa que me dijera era estúpida. La racionalización era estúpida. Éste post es estúpido. Porque nada puede poner en palabras aquello que se siente. Nada puede describir la nada y el todo.

Abría un ojo para asegurarme de que el mundo seguía ahí. Nada se había movido. La cama, la puerta, la mesa, el sofá, Carlos, Chris, los gatos. Todo estaba ahí pero solo ahí. Cerraba los ojos y todo volvía a desaparecer. Porque el mundo que habitamos juega con límites que solo existen en este mundo. Está compartimentado en cáscaras. Pero fuera de ésta dimensión nada de esto importa. Porque nada de esto existe. Nada existe.

Confié en mi cuerpo. En su función. En su capacidad de mantenerme con vida. Y no me importó que estuviera deshidratada, que tuviera la tensión baja, que estuviera mareada, o que el sujetador me presionara el pecho. Confié en que mi cuerpo supiera mantenerme con vida, porque eso es todo lo que sabe hacer. Y me dejé llevar. Dejé que mi mente se desvaneciera en una fiesta eléctrica. Y no me importó que quizás me equivocara y me dejara llevar demasiado y mi cuerpo olvidara respirar. Lo peor que podría pasar sería morir. Morir solo significaría dejar esa cáscara que al fin y al cabo ya no sentía. No ser nada. Formar parte del todo. Y eso no tiene nada de malo.

Me resistí a quitarme el sujetador por que en éste plano no estaba sola. Y en éste plano importa la desnudez, especialmente la de mi género. Pero no existe tal cosa como el género. No importa la desnudez. No importa nada. Porque nada de esto existe. De todas formas sabía que iba a tener que volver, así que obedecí las estúpidas normas sociales del pudor y no hice nada. Solo me dejé llevar.

La música a veces sonaba, a veces estaba demasiado lejos para oírla. Las ondas melódicas eran todas las mismas. Eran distintas, pero en el fondo las mismas. Me pregunté si todos los músicos conocían esta verdad. Si todos los músicos habían visto esta onda amarillenta y por eso escribían sus canciones acorde con ella. Pero no. Las melodías son acordes con las ondas porque solo existe una onda. Una onda que incluye todas las ondas y no se puede crear nada fuera de esa onda. Incluye todo. No hay nada fuera del todo.

Y así sentí el todo, sentí la nada, sentí lo que es la vida y no tiene nada que ver con lo que había creído que era la vida. Siempre supe que esa era la realidad. Pero no es lo mismo saber que ver. Saber que sentir. Y no se puede des-ver lo que se ha visto. No se puede des-sentir lo que se ha sentido.

 
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Publicado por en 26 octubre, 2015 en Hoy, txt, Viajes

 

Interacciones aleatorias

Dejadme que os diga algo sobre los tejanos (de Texas), que creo que es común, en general, con todo el sur de Estados Unidos: Son muy majos. Creo que la palabra mas correcta es “friendly”, pero no se como traducirla. El término “amistoso” no me acaba de entusiasmar.

Os pondré un ejemplo. La primera vez que estuve allí, uno de los primeros días, fuimos a un restaurante (que si no recuerdo mal fue Hobbit café), y mientras nos sentábamos, vinieron dos chicos que nos saludaron, nos preguntaron que qué tal estábamos y empezaron a hablar (ni idea de qué dijeron, para entonces mi oído no estaba entrenado y no entendía ni papa), pero lo hicieron de tal manera que yo estaba convencidísima de que eran amigos de alguno (si no de todos) los que me acompañaban en la cena. Yo estaba esperando a que se sentaran con nosotros, o me los presentaran o algo, pero se marcharon. Pregunté a Carlos quienes eran y me sorprendió diciendo que eran los camareros. Por lo visto solo se estaban presentando y dándonos la bienvenida al restaurante.

Otro ejemplo. Iba yo ésta última vez por el supermercado, acompañando a Sara a comprar varios utensilios de limpieza. Caminaba por los pasillos con una escoba en la mano buscando un cubo para la fregona por un pasillo, mientras Sara buscaba por otro. De repente, una voz femenina empezó a hablar a mi lado, tardé un instante en darme cuenta de que me hablaba a mi (pero a quién si no? No había mas gente en el pasillo). No estaba delante mio, ni dentro de mi campo de visión, me tuve que dar la vuelta para ver a aquella mujer sonriente mirándome y señalando al fondo del pasillo y recomendando que mirara unas escobas de colorines que puede que me gustaran.

Es extraño cuando no estás acostumbrado. Las interacciones con desconocidos no ocurren constantemente como en una gran ciudad como Barcelona. Ocurren en restaurantes y comercios. Pero allí todos te hablan con la amable confianza con que se le habla a un amigo de toda la vida. Obviamente las conversaciones que se llevan a cabo son superficiales y banales. Pero es por lo menos muy curioso. Nunca se como reaccionar a éstas interacciones con gente aleatoria. Primero porque como te suelen pillar de sopetón, nunca entiendo el principio de lo que me han dicho, y después porque es todo muy rápido y necesito por lo menos un segundo para procesar, ordenar, formular una respuesta y soltarla. Al final acabo simplemente riendo y soltando algún monosílabo. No se si es la mejor opción, pero no me sale otra cosa.

A propósito de ésto, me comentaba Alessia que cuando fue a Boston le parecieron todos muy bordes. Si no recuerdo mal, me contó que estaba en los vestuarios de una tienda de ropa y le comentó a una chica que estaba allí que le quedaba muy bien la blusa, o algo por el estilo. Comentario que en Houston es normal hacer con un completo desconocido, pero en Boston por lo visto no, y dijo que la chica se le quedó mirando con cara de “¿y tu por qué me estás hablando?”. ¡Y la entiendo! No digo, ni por asomo, que me parezca mal la actitud amigable con los desconocidos. Es agradable, es muy agradable, te hace sentir bienvenido allá donde estés. Pero si no te lo esperas es muy desconcertante. Y en cualquier caso me parece un rasgo cultural bastante curioso.

¡Nada mas por hoy! No se cual es el estereotipo con respecto al carácter de los tejanos, pero os aseguro que por lo general y por lo menos en lo superficial, son todos la mar de majos.

Hasta la próxima :)

 
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Publicado por en 3 junio, 2013 en txt, Viajes

 

Escapaditas de agosto (II)

Ana y yo nos conocemos desde hace ya 10 años, y aunque hemos pasado alguna época distanciadas, estamos muy unidas desde entonces y por supuesto lo seguimos estando. Y en todo éste tiempo, no nos habíamos ido de vacaciones juntas. Hemos quedado millones de veces, hemos ido de fiesta, hemos dormido una en casa de la otra, y si, hemos ido de vacaciones en una ocasión con un grupo de amigos (a Cantabria, hace 5 años), pero solas ella y yo nunca, y lo teníamos pendiente.

Hicimos el tetris que pudimos entre las vacaciones de una y de la otra y solo teníamos 3 días libres para nosotras, así que los reservamos. Nuestro único objetivo era playa y relax sin importar donde, pero como por alguna razón siempre que hacemos éstas escapadas (por nuestra cuenta) acabamos en la costa Brava (Girona), ésta vez buscamos por la costa Daurada (Tarragona). Otras cosas fueron ocupando nuestro tiempo y no fue hasta la semana anterior a irnos que encontramos un alojamiento que se acercara a nuestro limitado presupuesto. El destino final fue: Salou!

Domingo día 12 nos fuimos para allí. Creo que tardamos mas en encontrar un aparcamiento una vez allí que en el viaje desde Barcelona, y el trato en recepción no fue el mas agradable del mundo (condiciones que tenían que ser unas y eran otras, mucha gente, cobraban hasta para respirar…), pero una vez habiendo descargado todo en el apartamento el único pensamiento que quedó fue: ¿vamos a comer? Así que comimos, dimos una vuelta, hicimos la compra para el finde, fuimos a la playa, decidimos que estaba demasiado llena, fuimos a la piscina del hotel, una ducha, cenamos ligerito (y el mejor melón que he comido en mucho tiempo), nos pusimos guapas, y nos fuimos a tomar algo. Estando como está de repleta la zona turística (cerca de la cual estábamos), las tiendas están abiertas hasta pasadas las 12, así que básicamente estuvimos mirando chorradas hasta que nos aburrimos y alguien nos dio un par de flyers para tomar una copa por 3€ en un bar de música rock ahí cerca… y allí que fuimos. ¡Hacía años que no me tomaba un cubata! Había olvidado lo rico que está el vodka negro xD

No muy tarde ya estábamos en la cama, y aunque la conversación y el calor no nos dejaron dormir mucho, al final caímos. A la mañana siguiente eran las 10 y ya estábamos con los ojos abiertos y convencidas de que sería la 1 de la luz que entraba. Ésta vez fuimos mas decididas a ir a la playa por la mañana, pero seguía estando definitivamente demasiado abarrotada para nuestro gusto, y dado que venimos de una ciudad con playa, tampoco me sabe mal sustituirla por la piscina, que de eso sí que no tengo. Y eso fue básicamente lo que hicimos todo el día: piscina, comer, piscina, ducha, cena (el resto del melón), salir a dar una vuelta de noche y comernos un gofre o una crepe, y a dormir de nuevo.

¡Con ésto se acabó nuestra escapada! A la mañana siguiente, prontito, teníamos que tener recogido y limpio el apartamento para devolver las llaves y que nos devolvieran la fianza. Por suerte conseguimos alargar un poco mas la estancia entrando de nuevo en el reciento y quedándonos en la piscina toda la mañana y hasta después de comer. Al final tocó volver a la carretera y de nuevo a Barcelona.

En resumen, 2 días relax y playa piscina, donde tostarnos al sol, comer ligero, y tener un tiempo para nosotras, que ya tocaba :) ¡Espero que no sea la última vez que hacemos ésto! ¡¡Y que sea antes de 5 años!! Pero la próxima lo planeamos con mas calma y nos reservamos por lo menos un día mas, eh? :)

Banda sonora del viaje: Abba a la ida, Queen a la vuelta.

Fauna local: guiris francófonos.

 

P.D: Yo también odio las fotos en el espejo, lo siento, pero no nos quedó otro remedio.

P.D.2: ¡Se acabaron mis vacaciones!

 
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Publicado por en 21 agosto, 2012 en Viajes

 

Escapaditas de agosto (I)

Creer que vas a pasar todo el verano trabajando (y sin cobrar) fastidia bastante, pero dado que tengo findes de 3 días, y un presupuesto ajustadísimo que tampoco me iba a dar para mas, pues mira, mas que aprenderé y menos que gastaré. Pero cuando te dicen que vas a tener 2 semanitas libres, desde luego, es una grata sorpresa.

Llevábamos tiempo Carlos y yo buscando algo que hacer para algún fin de semana de agosto, pero no acabábamos de ponernos a pensar en ello seriamente. Lo único que teníamos claro es que queríamos una escapada de relax total en que ir a la playa (o semejante), comer y dormir fueran nuestras únicas dedicaciones. Al final, hablando con Judit, que estaba buscando básicamente lo mismo para hacer una escapada con mi hermano, me comentó que sus tíos tenían un apartamento en Puigcerdà que quedaba libre la primera semana de agosto, así que nos fuimos los cuatro para allí.

Carlos y yo estuvimos a punto de no ir porque el día anterior Durruti (su/nuestro gato) se puso malo y lo tuvimos que llevar de urgencias al veterinario, pero resultó no ser nada mas que algo de fiebre y al día siguiente estaba como nuevo, así que aunque un poco inseguros por su estado, le dejamos a los cuidados de mi madre y seguimos el plan estipulado. El lunes 6 bien prontito nos subimos al coche y fuimos para Puigcerdà. Debían ser dos horas de camino, pero debimos coger la desviación que no era en algún momento, porque, aunque llegamos al destino esperado, nos comimos nada mas y nada menos que 26km de curvas (1 hora mas de trayecto), eso si, sin peajes (nada mas faltaría).

Una vez encontrado el apartamento, nuestra primera misión fue encontrar un supermercado donde hacer la compra. Seguido de comer, una buena siesta, y básicamente visitar el pueblo (de considerable pijerío), lo que significa ir hacia el centro y visitar el parque con el estanque. Al día siguiente, mas situados y organizados, volvimos al estanque y dimos un paseíto en barca por parejas en el mismo. A pesar de que los remos eran desiguales, o quizás gracias a ello, fue bastante divertido intentar domar la barca esquivando patos y cisnes (mas bien ellos nos esquivaban a nosotros) por el estanque.

A la tarde fuimos a Llívia, un pueblo a apenas a uno o dos kilómetros de Puigcerdà que se encuentra en realidad como en una islita española en pleno Pirineo francés. Ésto último significa olvidarse de los teléfonos móviles, muy especialmente si se tiene internet, dado que se emplea casi inevitablemente señal francesa y eso puede conllevar la ruina. Del pueblo poco a destacar, tiene el aspecto de la mayoría de pueblos de la zona: calles pequeñas, casas de piedra y tejados de pizarra. Mucho encanto, sin duda! Habíamos leído además que esa noche en la parroquia del pueblo tocaba la filarmónica de Berlín y nos pasamos para informarnos. Los precios de la entrada eran bastante desorbitados, así que lo descartamos. De todas formas nos pasamos esa tarde a visitar la parroquia. Los bancos habían sido acolchados y patrocinados por Epson, lo cual ya era bastante sacrílego, pero ver que las escaleras y el suelo estaba formado por sepulturas del siglo XVII ya fue el colmo. Sé que se solía hacer, pero no me gusta caminar sobre la tumba de la gente, qué quieres que te diga.

Fuimos a cenar prontito una buena fondue a la Formatgería, una antigua fábrica de quesos convertida en un restaurante. Tras lo cual nos fuimos a otro pueblo muy pequeño de la comarca, Das, donde un cuarteto de jazz catalano-francés tocaba en la terraza de un bar esa noche. Pasada la media noche decidimos volver a casa, o por lo menos nosotras. Abel y Carlos tenían otros planes. Habían estudiado por la mañana una ruta para hacer una excursión nocturna por el campo desde Das hasta Puigcerdà. Aprovecharon además que había una noche despejada y se guiaron solo de las estrellas y un pequeño mapa para volver, aunque disponían de GPS por si las moscas. Al final no lo necesitaron pero, mientras Judit y yo habíamos tardado exactamente 12 minutos en llegar de Das al apartamento en coche, Abel y Carlos tardaron aproximadamente 5 horas. Vaya un machaque.

Por si fuera poco al día siguiente, miércoles, madrugábamos. Habíamos concertado a las 10 de la mañana un paseo en caballo en una hípica de Llívia, y para allí que fuimos. Carlos era el único que había montado a caballo alguna vez, el resto éramos y somos unos totales novatos, pero el paseíto no fue nada mal, al fin y al cabo era una ruta por el campo que debían repetir varias veces al día. Encima de un caballo, el animal parece, en mi opinión, mucho mas torpe de lo que lo parece desde abajo, probablemente porque el menear de su cuerpo y el de un humano al caminar no se ajusta para nada, y todo se vuelve tropezoso. Justiciero, que es como se llamaba el que yo llevaba, no me hacía prácticamente caso, solo quería comer cada hierbajo que nos encontrábamos en el camino, pero que a mi me supiera mal tanto darle con el tacón como tirarle de las riendas, así como mi total y absoluta falta de experiencia, hacía que la insumisión fuera inevitable. No me importa, en el fondo no se portó nada mal.

Esa misma tarde, con un dolor de culo que duró varios días, Carlos y yo nos volvimos a Barcelona en tren, que tres eran muchos días sin ver al pequeño Durruti. Abel y Judit se quedaron hasta el viernes.

Y hasta aquí la primera escapada. Las iba a contar las 2 en el mismo post, pero como al final he contado mas detalles de la cuenta de la primera, ésto se ha alargado demasiado. Así que Salou lo explicaré en otra entrada. ¡Hasta la próxima!

 

P.D: Banda sonora del viaje: lo que sonara en la primera radio local que pillamos con el radiocassette.

P.D.2: Fauna y flora local: pijos y pinos.

 
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Publicado por en 17 agosto, 2012 en Viajes