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Barcelona y su apartheid

30 Ago

El entorno urbano de Barcelona ha, sin duda, cambiado mucho a raíz de la crisis. Las calles y los edificios son los mismos. Las luces, los árboles, el mobiliario, la limpieza, todo igual. Pero los locales en alquiler o de “compro oro” están por doquier. Prácticamente no hay ningún cajero que no use para dormir alguna persona sin hogar. Y ha pasado a formar parte de la mas absoluta cotidianidad ver a personas hurgar en los contenedores de basura buscando algo que aprovechar. Entre éstos últimos destacan los chatarreros.

El fenómeno de los chatarreros aumentó tan constante y sutilmente que parece que llevan ahí “toda la vida”, pero recuerdo perfectamente cuando me di cuenta de que aquello era un problema. Porque encontrar a alguna persona de vez en cuando recogiendo hierros para venderlos, te habla de un problema individual, que merece solución, claro, pero cuando son decenas los que ves al día, el problema se convierte en grave, en social. Me percaté de la gravedad un día en particular, éste pasado invierno, o primavera quizás, pero desde luego antes del verano. Caminando por calle Villarroel en dirección al centro. Vi de lejos lo que venia pareciendo un chatarrero “típico”, ésto es, un hombre, africano, negro, empujando un carrito de la compra con chatarra en su interior. Pero cuando le vi de cerca se me encogió el corazón. El hombre en particular no tenía aspecto de tener mas de 17 años. Era tan solo un niño. Un niño alto, fuerte y con una vida castigada. Pero un niño. Que por si fuera poco carecía de calzado en uno de sus pies. El calzado que sí llevaba, por otra parte, era una sandalia (y os recuerdo: no era verano).

De alguna manera Carlos se topó con el tema de los chatarreros y con toda la comunidad que la envuelve, por lo que éste tema ha estado tremendamente presente en nuestras vidas durante los últimos meses. Y lo sigue estando. Hagamos un poco de historia.

En los tiempos de bonanza, las migraciones eran abundantes y bienvenidas. Personas de todo el mundo venían a trabajar. Algunos lo hacían ilegalmente, fruto de la desesperación que vivían en sus países, y venían a probar suerte. Otros lo hacían con un contrato de trabajo, en el campo o en la construcción. Otros oían que aquí (en Europa) había prosperidad y trabajo, y venían en su búsqueda. Otros venían simplemente por placer o por la experiencia de una estancia temporal. Hay tantas historias como inmigrantes. En cualquier caso, la mayoría de ellos tenía una vida normal, con trabajo, con piso, con papeles…

Llegó la crisis. Y aunque afecta a todos, sabemos que a unos les afecta mas que a otros. Muchísimos perdieron sus trabajos, y al ser éstos necesarios para tener papeles, se convirtieron en parados indocumentados, y sin un apoyo familiar, bien pronto fueron también personas sin hogar. Se cuenta que un grupo de ellos vivió una temporada en plaza Catalunya. Para aquel entonces se estaban haciendo las obras de uno de los grandes edificios que rodean la plaza, y día a día veían como se tiraban kilos y kilos de chatarra. Vieron su oportunidad de trabajo, su manera de ganar algo de dinero con la que comer, y dinero que poder enviar a sus familias, que esperaban en sus países de origen. Así que o la mendicidad, o la delincuencia, o la chatarra.

Desde entonces se dedican a recoger chatarra, separarla y venderla a los respectivos puestos de reciclaje. Aunque también recogen ropa y otro útiles. Muchos de ellos vivían en algunas de las muchas naves industriales abandonadas que existen a las afueras. Aproximadamente 800 personas forman la comunidad de chatarreros. La gran mayoría son hombres, principalmente africanos, sobretodo originarios de Senegal, y bastantes de ellos, músicos de vocación. Unas 300 personas vivían hasta hace poco en una nave industrial enorme, subdividida en numerosos edificios donde se distribuían los distintos talleres y las distintas subcomunidades (básicamente organizadas por países de procedencia), bautizada como Mount Zion. Carecían de agua corriente, y la energía eléctrica escaseaba.

Con el “negocio” de la chatarra a penas ganan unos pocos euros al día. Las jornadas laborales empiezan muy pronto para aprovechar todas las horas de sol. Algunos se dedican a ir por las calles con los carritos de la compra recogiendo chatarra de los contenedores, dicen que es el trabajo mas duro, entre otras cosas por el peso que puede alcanzar un “buen” día de trabajo, y tenerlo que llevar arrastrando, después, hasta los talleres. Allí se separan los componentes. Las herramientas son las mas rudimentarias que uno pueda imaginarse. No podemos obviar que algunos de los objetos que encuentran y separan, contienen elementos o gases tóxicos, como ocurre con las neveras. Ni qué decir que no suelen llevar mas protección que unos guantes.

Solo una vez visité Mount Zion. Las sensaciones son algo difíciles de describir. Desde luego no me habría adentrado allí sola. Por todas partes había gente entrando y saliendo con chatarra, trabajando. Otros simplemente estaban allí. Un hombre claramente alcoholizado rondaba por ahí haciendo el tonto. Unos saludaban, otros te ignoraban, otros miraban como pensando “qué hacen éstos aquí”. Dos niños llegaron con su padre, armados con pistolas de agua y se pusieron a jugar con el borracho. Era día de asamblea y una treintena de personas estaba reunida debatiendo sobre la situación de la comunidad. Un grupo de locales que se hacen llamar la asamblea solidaria llevan tiempo intentándoles ayudar mediando entre ellos y el ayuntamiento para buscar soluciones dignas al obvio problema humanitario que allí tiene lugar.

La zona en cuestión donde se localizan ésta y otras naves están afectadas por un plan urbanístico llamado 22@ que consiste en tirar por tierra todo lo que hay ahí (naves industriales, viviendas de mala calidad, etc) para construir un montón de edificios bonitos y muy caros, con la absurda esperanza de que se llenen de cosas interesantes y traigan dinero a la ciudad. Así que el ayuntamiento lleva queriendo echar esas naves abajo desde hace bastante tiempo, y la amenaza de desalojo era real e inminente. El problema, pues, era buscar una solución para esos cientos de personas que, ya viviendo en situación penosa, estaban a punto de perder otra vez su hogar, su medio de vida, y su comunidad.

El ayuntamiento les ofreció alojarlos en hostales y unos cursos de formación a los que tuvieran papeles, aunque para hacer esos cursos deberían dejar sus actuales empleos y perder todo tipo de ingresos, por lo que no tendrían como sustentarse. En cierto momento ofreció también regularizar la situación de quién lo precisara, a pesar de que el ayuntamiento no tiene poder alguno para ofrecer papeles, pues es competencia del estado central, que por otra parte dudosamente tiene siquiera conocimiento de que éstas personas existen. Desde la nave se habló de pedir un alquiler social de la misma y formar una cooperativa de reciclaje entre la comunidad para poder seguir con éste medio de vida que se habían buscado. Además desde la cooperativa se pueden contratar trabajadores y por tanto arreglar el problema de los papeles para muchos de ellos. Pero para eso hace falta un dinero que, por supuesto, no se tiene.

Curiosamente la dueña de la nave es una familia adinerada que cada año dona una buena cantidad de dinero a caridad para ayudar a los “pobres negritos de África”, pero no dudó un instante en ceder a las presiones del ayuntamiento para que éstos hicieran con su terreno lo que decidieran a pesar de todos los africanos que viven allí y necesitan apoyo externo para mejorar su situación.

Al final, entre unas cosas y otras, la nave fue desalojada y cientos de personas volvieron a perder su hogar. Algunos acudieron a esos albergues prometidos, que distan mucho de ser una solución. Si bien hay albergues de muchas calidades, las condiciones en que estaban algunos son penosas. No solo separaban de albergue a hombres y mujeres, por lo que separaban a las parejas y las familias por kilómetros, si no que se llegaron a encontrar habitaciones de 6m cuadrados donde debían residir 8 personas con sus respectivas pertenencias. Otros optaron por okupar otras naves o alguno de los miles de pisos vacíos que hay en la ciudad. Otros tantos volvieron a emigrar en busca de otro lugar de Europa donde poder volver a empezar. Les deseo suerte.

Desde entonces, muchos antiguos miembros de la comunidad de Mount Zion luchan por volverse a unir y buscar una solución digna a su situación. No dejas de oír de sus labios que lo único que quieren es vivir en paz. Quieren una vida normal. O en su defecto, simplemente que les dejen vivir como puedan, pero en paz. La administración no se lo deja fácil. Tras el desalojo, los distintos puntos de reunión y ocio frecuentados principalmente por africanos, como determinados bares o salas de conciertos, han sido boicoteados por la guardia urbana sin mas excusas que “inspecciones rutinarias” con desalojo y cierre de local incluido, acompañados de cacheos nada aleatorios de los que yo y muchos otros hemos sido testigos.

Aunque por su puesto no lo apoye, puedo entender que se persiga a aquellos que plantan cara al orden establecido, los llamados antisistema que ponen en entredicho constante el funcionamiento de la máquina estropeada (o mal fabricada) en la que vivimos. Lo que no consigo entender es que persigan a aquellos que no piden nada a nadie, los que no se quejan y solo intentan vivir en paz. No comprendo como pueden seguir atacando al más débil y puteado de los miembros de nuestra sociedad. No entiendo por qué, ni para qué. Y no quería llegar a ésta penosa conclusión, pero la única explicación que se me ocurre es que en Barcelona existe un apartheid. España es un país racista. Poco debería sorprenderme, es algo que siempre he sabido, pero no por ello me entristece menos comprobarlo día a día en las carnes de aquellos que ahora puedo considerar mis amigos.

Para finalizar me gustaría dejaros un documental que se realizó sobre Mount Zion y sus habitantes en las últimas semanas de existencia, pero todavía se encuentra en proceso de montaje. Prometo compartirlo en cuanto sea posible. Gracias por leerme.

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Publicado por en 30 agosto, 2013 en txt

 

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