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No se puede des-ver lo visto

Es difícil de explicar que comprendes la vida, y por ello has dejado de temer la muerte, que comprendes símbolos como el sri yantra, que comprendes el número aureo. Pero no intelectualmente, no es que los racionalice, no es que los piense, los estudie, los aprenda. Es que los comprendo, es que los he visto, es que significan algo para mi.

Es difícil explicarlo sin parecer un tarado, un hippie de la vida… Pero es algo real, es algo profundo, es una de esas cosas que cuando ves no puedes des-ver, que te cambian para siempre aunque tu vida siga totalmente igual. Ojalá pudiera compartirlo con mas gente. Ojalá mas gente comprendiera el mundo como lo comprendo yo. Me hizo recordar, eso si, que así ha sido siempre mi vida. No explicar lo que pienso, lo que siento, lo que creo, lo que se, porque pocos lo entienden, o peor, pocos lo respetan.

Después de mis padres solo hay una persona con la que, en mi vida, he podido compartir todo, y ha comprendido todo. Carlos. Y por eso (y unas cuantas razones mas) me casé con él. Porque aunque no pensemos del todo igual, cuando abrimos los ojos, vemos lo mismo.

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Publicado por en 5 febrero, 2016 en Sin categoría

 

Ayer cerré los ojos y el mundo desapareció

Los límites de mi cuerpo se volvieron difusos, palpitantes, crecían y se encogían. Dolía. Todo mi perímetro dolía, y mi coronilla mas aun. Tuve que aprender a dejarme llevar. A dejar que mi cuerpo se disolviera en cada expiración. Me dejé ir. Oía pájaros. El dolor cesó y mi cuerpo se disolvió un poquito. Me dejé ir mas y mi cuerpo siguió disolviéndose. Hasta que de mi cuerpo no quedó nada. Todo mi perímetro se desdibujó y solo quedaron ondas y el sonido de pájaros en un parque con una fuente.

Pasaba la lengua por mis dientes y se dibujaban todos y cada uno de ellos, por delante y por detrás. Veía su forma con una linea azulada que se volvía a desvanecer en cuanto mi lengua dejaba de tocar esa zona. Mi boca era entonces una playa, la lengua el mar, el paladar el cielo. Y yo volvía a desaparecer. Solo sentía la coronilla, como si tuviera un pesado cono que me oprimía el cráneo. A ratos los pies. A ratos una presión en el útero. Pero al margen de eso no había nada. Solo ondas. Ondas finas y gruesas, amplias y estrechas, rápidas y lentas, que se acaban convirtiendo en una sola onda tridimensional. Porque en realidad solo existe una onda. Un manto de color amarillento que ondulaba en todas direcciones como un mar mecido por el viento. Todo estaba allí. Yo estaba allí. Pero yo no era yo. Yo no era nada. Nada era nada. Mi cabeza asomaba por el manto de la conciencia solo por que allí estaba poniendo mi atención. Cuando puse la atención en mi atención, desapareció. El cono del cráneo desapareció. Mi mente asomando por el manto desapareció. Y yo no era nada. Formaba parte del todo.

El manto era solo una capa. Uno de infinitos mantos formando otro manto. Que a su vez no eran mas que una estrella en un universo. Que a su vez no era mas que una estrella de otro universo. Que a su vez no era mas que el brillo en el iris de un gato de otro universo. Y así vi la inmensidad, vi el infinito. Vi la nada. Vi el todo. Y no tuve miedo. Porque no había nada que tuviera mas sentido que dejarse llevar. Cualquier cosa que me dijera era estúpida. La racionalización era estúpida. Éste post es estúpido. Porque nada puede poner en palabras aquello que se siente. Nada puede describir la nada y el todo.

Abría un ojo para asegurarme de que el mundo seguía ahí. Nada se había movido. La cama, la puerta, la mesa, el sofá, Carlos, Chris, los gatos. Todo estaba ahí pero solo ahí. Cerraba los ojos y todo volvía a desaparecer. Porque el mundo que habitamos juega con límites que solo existen en este mundo. Está compartimentado en cáscaras. Pero fuera de ésta dimensión nada de esto importa. Porque nada de esto existe. Nada existe.

Confié en mi cuerpo. En su función. En su capacidad de mantenerme con vida. Y no me importó que estuviera deshidratada, que tuviera la tensión baja, que estuviera mareada, o que el sujetador me presionara el pecho. Confié en que mi cuerpo supiera mantenerme con vida, porque eso es todo lo que sabe hacer. Y me dejé llevar. Dejé que mi mente se desvaneciera en una fiesta eléctrica. Y no me importó que quizás me equivocara y me dejara llevar demasiado y mi cuerpo olvidara respirar. Lo peor que podría pasar sería morir. Morir solo significaría dejar esa cáscara que al fin y al cabo ya no sentía. No ser nada. Formar parte del todo. Y eso no tiene nada de malo.

Me resistí a quitarme el sujetador por que en éste plano no estaba sola. Y en éste plano importa la desnudez, especialmente la de mi género. Pero no existe tal cosa como el género. No importa la desnudez. No importa nada. Porque nada de esto existe. De todas formas sabía que iba a tener que volver, así que obedecí las estúpidas normas sociales del pudor y no hice nada. Solo me dejé llevar.

La música a veces sonaba, a veces estaba demasiado lejos para oírla. Las ondas melódicas eran todas las mismas. Eran distintas, pero en el fondo las mismas. Me pregunté si todos los músicos conocían esta verdad. Si todos los músicos habían visto esta onda amarillenta y por eso escribían sus canciones acorde con ella. Pero no. Las melodías son acordes con las ondas porque solo existe una onda. Una onda que incluye todas las ondas y no se puede crear nada fuera de esa onda. Incluye todo. No hay nada fuera del todo.

Y así sentí el todo, sentí la nada, sentí lo que es la vida y no tiene nada que ver con lo que había creído que era la vida. Siempre supe que esa era la realidad. Pero no es lo mismo saber que ver. Saber que sentir. Y no se puede des-ver lo que se ha visto. No se puede des-sentir lo que se ha sentido.

 
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Publicado por en 26 octubre, 2015 en Hoy, txt, Viajes

 

En mi piel

Quizás sea porque todo el mundo tiene uno, porque es algo ya tan normalizado que te empiezan a preguntar ¿y tu por qué no? Y no puedo evitar pensar: si me lo hiciera… ¿qué sería?

Y así llevo unos días pensando en qué tatuarme, a pesar de sepa la respuesta antes de plantearme la pregunta.

Quisiera tatuarme el sonido de las golondrinas cuando llega la primavera, la caricia de la brisa marina en mi cuerpo semi desnudo bajo el sol veraniego, los cambios del color en el follaje otoñal, o el olor de la tierra mojada tras la lluvia. También me tatuaría el tacto aterciopelado de un gato, la transparencia de la seda, el brillo en los ojos de su sonrisa, o el sonido de la h intercalada.

Lo se, todo eso son cosas que no se pueden tatuar en la piel. Pero me gustan, me inspiran, me relajan, me despiertan amor. Y por eso ya lo tengo todo tatuado en mi recuerdo. Mi piel la prefiero lisa, o no, o con cicatrices que tengan una historia, marcas de sol de algo que está o estuvo ahí, y lunares que me acompañan desde que tengo memoria. Quiero poder apreciar la transparencia de la piel, y ver las venas bajo ella, esas ramas verdosas que a veces se intuyen en las zonas mas delicadas e indican uno de los caminos que sigue la vida bajo mi superficie. Me gusta apreciar su textura, incluido el bello, los poros, las imperfecciones. Es bello.

Esas son las razonas por las que no quiero un tatuaje. Porque ninguna imagen o palabra puede reflejar aquello que significa mucho para mi, y porque los tatuajes naturales que ya trae mi piel, me parecen adorno suficiente.

*Y con ésto no quiero decir nada en contra de aquellos que deciden si portar un dibujo, un símbolo o una palabra en su piel, solo digo que no es para mi, igual que tampoco lo son las uñas pintadas de colores u otras muchas cosas.

 
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Publicado por en 8 julio, 2015 en txt

 

Seis y media

Son las 6 y media. Ese momento en que te alegras de que ya no sea de noche a las 6. Pero dura poco. Porque a esta hora no es de noche, pero tampoco de día. El cielo se tiñe de un extraño color rosa, y los edificios se velan con su reflejo. En un abrir y cerrar de ojos el rosa es ya azul marino, y es de noche. Miras el reloj y parece que se ha estropeado, pues las manecillas yacen juntas apuntando al 6. Son las 6 y media y empieza la noche.

 
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Publicado por en 15 marzo, 2015 en Hoy, Sin categoría

 

Mi palabra favorita en inglés (2)

Aquí llega pisando fuerte…*redoble de tambores*:

Meathead

*aplausos y silbidos*

Es una palabra TAN perfecta, que se ha convertido en mi favorita. Vale que técnicamente es una palabra compuesta por dos palabras. Pero en inglés es así. Agarran dos palabras, las ponen juntas, y crean el adjetivo perfecto para ese conjunto de población cuya cabeza mas que cerebro es una bola de carne. Esos que dicen que leer es cosa de empollones. Esos que se pasan el día en el gimnasio cultivando el cuerpo (y solo el cuerpo). Ese tipo de superficialidad, esa simpleza… meathead

P.D: Mi mas sincero respeto a quién se haya sentido aquí identificado y pido disculpas si, en consecuencia, insultado. No vamos a negar que el término es despectivo, pero no es mi intención plantear el término como nada mas que una simplificación útil y graciosa de un aspecto de ciertas personas que al igual que cualquier estereotipo es una visión vaga y poco amable con las personas pues somos, ante todo, seres complejos que nunca podemos ser descritos con tan solo una palabra.

 
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Publicado por en 24 octubre, 2014 en English version

 

Racismo en publicidad

Paréntesis. He conseguido un trabajo a tiempo parcial. No es “de lo mío” sea lo que sea lo que eso significa, pero es un trabajo. Estoy a gusto, hay muy buen rollo con todo el mundo, tengo contacto con la gente, no es un trabajo duro, y es un sueldo fijo a final de mes. El contrato es solo de 4 meses (de los que ya llevo uno) y luego no se sabe, así que en mis días libres sigo trabajando como figurante en anuncios o lo que surja. Cierro paréntesis.

Hay cosas que odio de trabajar en publicidad. En general nunca me ha entusiasmado la publicidad. Hay mucho talento artístico en ese mundo, y eso es bueno, además de que se mueve mucho dinero con lo que implica dar trabajo a mucha gente, y eso es también muy bueno (aunque habría que analizar la calidad de trabajos que se dan). Después que disfrute mas o menos estar allí es otro asunto, que por otra parte no depende mucho de la finalidad del rodaje (para un figurante es prácticamente lo mismo una película, una serie, un videoclip, que un anuncio), si no del rodaje en si (la situación, los horarios, como nos traten, los compañeros, etcétera).

La mayoría de los anuncios que se hacen (o al menos en los que participamos) implican un gasto económico tal que solo empresas con mucho dinero pueden permitirse. Y seamos aquí sinceros. La mayoría de empresas millonarias no llegan a ese punto por ser buenas, amables y sinceras con su clientela, su competencia y sus empleados. Pero además, la mayoría de anuncios tampoco son sinceros y transparentes, mostrándote la realidad tal y como es para que decidas objetivamente. Y aunque a veces sean sinceros con respecto a las características del producto, lo disfrazan de emociones y sentimientos que poco tienen que ver con lo que realmente están vendiendo.

En la publicidad se muestra en general un mundo muy alejado de la realidad  Y lo digo por esa extraña y falsa perfección: todo el mundo es guapo (entendiendo guapo como aquello que en ese momento en particular se considere guapo), tiene un aspecto rico, sano y está delgado, a menos que sea “gracioso”, entonces y solo entonces puedes ser mas normal y hasta estar rellenito. Todos van conjuntados y a la moda, a esa que casi nadie sigue. Todo está limpio, ordenado. Todos tienen una piel perfecta, un maquillaje invisible perfecto, un peinado efecto despeinado de peluquería. Todo es perfecto. Pero todo es falso. Chicas que usan la talla 34 y que un par de kilos mas les sentarían maravillosamente anuncian productos para perder peso, o comida basura, no importa. Las madres de bebes y niños pequeños tienen 30 años, las madres de adolescentes tienen 60. Las mujeres de entre 40 y 50 años no existen. El mundo entero se mueve en un eterno entretiempo, ni frío lo calor, excepto para productos estacionales. Todo es feliz. Todo es alegre. Todo es joven. Y un largo etcétera.

Entiendo que una empresa quiera asociar su producto a emociones positivas. Pero un poco de realismo, por favor. Al final lo único que se hace aquí es perpetuar ideas del mundo erróneas. Están perpetuando entre otras cosas horribles, ideas racistas que realmente afecta a personas. He participado ya en varios anuncios para México y no encuentras a nadie, nunca, ni figurantes ni ¡por supuesto! protagonistas, que sean latinos. Que ya se que no son todos indígenas ¿pero todos blancos, en serio? Por lo menos tienen la decencia de que la mayoría sean de pelo oscuro y ese color de piel que llaman oliva, y no rubios de piel rosada. Es decir, que la mayoría tiene aspecto de mediterráneo, pero definitivamente europeo. Eso de fingir que en cierto lugar del mundo no hay gente de piel morena no hace mas que enviar la idea de que lo normal, lo bueno, lo deseable, lo hermoso, es ser blanco. Y que cualquier cosa que no sea eso, no es bueno, ni deseable, ni hermoso. ¿Cómo lo recibe eso la población del lugar? Pongo éste ejemplo porque recientemente rodé un anuncio para unos grandes almacenes mejicanos cuyo nombre no diré, para los que no es la primera vez que grabo un anuncio, y son especialmente descarados con el tema étnico, pero ocurre con cualquiera. A menudo las marcas se olvidan de que existen negros en Francia, por ejemplo, por supuesto también se olvidan de que existen en España, fingen que todo el mundo en Alemania es rubio, que todo el mundo en Brasil es modelo, los asiáticos solo existen cuando buscan adrede un perfil étnico variado ¡y olvídate de ver un árabe fuera de un país árabe!.

Soy consciente de que me dan mucho trabajo en éste mundo por que además de hacer bien mi trabajo soy guapa y delgada, y por tanto encajo en ese mundo que quieren representar (aunque no soy tan guapa ni tan delgada para un papel protagonista, por supuesto), y si no fuera por eso no se de qué habría vivido éstos últimos dos años ni de qué lo haré el día que se me acabe mi actual contrato. Pero una cosa no quita la otra. Éste trabajo tiene cosas buenas, pero una ya se cansa de las malas, y llega un momento en que no me las puedo callar.

 
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Publicado por en 20 octubre, 2014 en txt

 

Obviedades acerca del matrimonio

Hay una cosa que sí ha cambiado desde que me casé. No en mi vida de pareja, si no en mis conversaciones con cualquier otra persona. La secuencia viene a ser la siguiente:

Ven el anillo, me preguntan si estoy casada. Si. “Huy ¿Pero tu no eres muy joven? ¿Qué edad tienes?”, no soy TAN joven, tengo 27 años, aunque ya se que aparento menos. Aquí algunos se alegran y me felicitan, y otros se escandalizan y toman un desvío “¿Pero por qué te has casado? ¡No hace falta casarse para estar juntos!”, o dan por supuesto que “¿Por la Iglesia?” No, por lo civil, gracias. Pero invariablemente de su opinión al respecto, casi todos llegan a la misma pregunta: “¿Y los hijos para cuando?”.

A ver ¿Por donde empiezo? ¿Por qué tienes que cuestionar unos actos que no te afectan en absoluto? Los matrimonios son legales entre dos individuos de cualquier sexo que se consideren mayores de edad, y hace ya bastante que ambos cumplimos los 18 años, así que ¿por qué no? Está bien que actualmente la edad media de entrada al matrimonio en España son los 34’5 años, y nosotros somos mas jóvenes, pero eso es solo una media, y tampoco nos desviamos tanto de lo normal. Y aunque nos desviaramos mucho, en serio ¿qué mas da? Cada pareja tiene sus propias razones para casarse (o no casarse) como lo hace y cuando lo hace, así que… por favor, simplemente, no juzgues. No soy demasiado joven para tomar decisiones de éste tipo. De verdad, soy una mujer adulta. No tiene que haber razones mas allá. Y si las hubiera, probablemente no te las explicaría, porque no tengo que dar explicaciones a nadie de algo que solo afecta a mi pareja y a mi. Ah! Y una persona no se casa necesariamente porque sea tradicional/católica.

Pero sobre lo que yo quería hablar en realidad es el tema de los hijos. A ver. Resulta que somos una pareja que sí que quiere tener hijos y planifica sobre ello y se supone que llegará/án en algún momento en un futuro medio (ni cercano, ni lejano). Pero voy a decir unas cuantas obviedades aquí que mucha gente no entiende pero tiene que entender: No es necesario tener hijos. Hay quien simplemente no quiere tener hijos y no los tiene, y está bien, no pasa nada. Por otra parte, haber formalizado un matrimonio legal y tener hijos NO son dos cosas que tengan que ir ligadas. Ni es necesario estar casado para tener hijos, ni tener hijos implica tener que estar casado, ni dos se casan para tener hijos. Bienvenidos al siglo XXI, cuando la moral católica no domina nuestra sociedad y las personas no se pasan toda la adolescencia aguantándose las ganas, se casan jóvenes y en la noche de bodas pierden la virginidad y se embarazan todo a la vez. Afortunadamente, para la mayoría las cosas ya no funcionan de esa forma. Así que ya tendremos hijos cuando nos de la gana (y/o se de la ocasión), indistintamente de si llevamos o no un anillo en el dedo. Creo que es muy fácil de entender.

Una compañera de trabajo me sugirió que al próximo que me pregunte qué edad tengo y a qué edad me casé, diga que lo hice con 17 años, que mis padres firmaron a cambio de un terreno. Podría añadir que tengo varios hijos, unos 5. A ver qué cara se les queda.

 
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Publicado por en 15 octubre, 2014 en txt