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Gritos y graznidos

28 Sep

Ya no hace mucho calor, pero el suficiente para mantener las ventanas abiertas. Estaba tumbada en la habitación de casa de Carlos leyendo cuando un grito de socorro invadió el espacio sonoro.

En el patio interior, que dado que estamos en un primer piso, es justo ahí debajo, una anciana pedía ayuda a quien le pudiera oír, claramente alterada, golpeando el suelo con su andador como haría con sus pies si pudiera y agitando la valla que rodea el patio con sus manos. La veía sin tener que levantarme de la cama.

“¡¡Socorro!! ¡Nos quieren matar!”

Alguien del mismo edificio que yo debió asomarse por la ventana, pues la anciana miró hacía un punto fijo de la fachada y siguió gritando hacía allí.

“¡Socorro! ¡Nos están envenenando! La niña está ahí en la cama vomitando. Está muy mal. Llamad a los bomberos… ¡o a alguien! Siempre hay alguien en la puerta y no nos dejan salir…”

La anciana miraba a un lado y al otro, sin saber qué hacer. Me incorporé un poco para ver el resto del patio, pero sin acercarme mucho a la ventana, para no ser vista. A un par de metros frente a la mujer, había un anciano. Blanco, muy blanco. Miraba algo que había en el suelo, se agachó muy lentamente, lo recogió, parecía un trozo de tela. Ella todavía nerviosa, y él desde la mas absoluta tranquilidad, dieron media vuelta y volvieron a meterse en la residencia a la que pertenece el patio, y donde viven.

Mentiría si dijera que ésto es un hecho puntual. Ocurre a menudo. Son muchas las tardes que son interrumpidas por algún anciano senil, desorientado, que pide ayuda, o simplemente grita, ante una amenaza muy específica pero poco real. Son escenas realmente deprimentes. De las que hacen temer el paso del tiempo, pero no necesariamente la muerte, a pesar de que los que gritan, casi siempre, lo hacen temiendo por su vida.

Y ya para colmo hay días que a los gritos de desesperación se les unen las gaviotas, cuyos graznidos suenan como la perfecta carcajada de bruja malvada, retumbando en las paredes del interior de la manzana . Parece mentira que en el mismo barrio, a menos de un kilómetro de distancia, el escenario pueda parecer tan igual, pero suene tan distinto al de mi casa (o bueno, casa de mis padres).

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Publicado por en 28 septiembre, 2013 en txt

 

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