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Capítulo 2

11 Ene
Hora punta. Otra mañana rutinaria. Otro viaje impersonal por los subterraneos de la ciudad.
 
Rostros inexpresivos inundaban el ambiente. Cansados, dormidos, leyendo, cantando para si… Sentados o de pie, no importa, nadie miraba a nada ni a nadie. Enormes ventanales nos rodeaban y, sin embargo, nadie miraba por ellos mas allá de la estación.
 
Kilómetros de paredes negras y sucias, con kilomertos de cables que solo descubren su color a nuestro paso. El vidrio, rallado, erosionado y sucio, intentaba en vano aislarnos del sonido. Traqueteos, vibraciones, silbatos, el motor… tambien están los altavoces, tan frios e ignorados.
 
Observava por el grueso cristal la eterna oscuridad intermitente. Ante nosotros un monstruo de ojos blancos y brillantes, una serpiente de toneladas de metal, plástico y carne humana, se acercaba a gran velocidad y de manera irrefrenable. Pasó, rugiendo, a nuestro lado, haciendonos vibrar. Tan aterrador pero tan bello. Así era ese tunel oscuro. Así sentía yo el metro.
 
Llegabamos a una estación, y a nuestro lado, dirección contraria, descansaba otro tren. Las ventanas solo dejaban ver cuerpos y sus ropajes. Masas de gente anónima ocupando el espacio.
 
Entre espaldas y brazos, sin embargo, había un rostro, solo un rostro, con brillo propio. La abundante luz del vagón parecía, nuevamente, solo incidir en ella.
 
La acumulación de cuerpos no parecía estorbarle, ni perturbarle. Permanecía en pie, recta, ni sujetada ni apoyada, seria, serena. Cabeza alta y mirada perdida, absorta en su mundo: fascinante, seguro.
 
La diosa estaba nuevamente ante mi. Pude observarla bien durante unos segundos. Aun así, no sabría describirla.
 
Parpadeó y volvió a mi mundo. Entonces me miró. Clavó su intensa mirada en mis pupilas y, aunque sus labios no mostraban nada, aun hoy, juraría que sonrió. El corazón casi no pudo soportarlo. Casi muero al sentir su fuerza.
 
Estaba clavado en el asiento, mas vivo que nunca. Y fue al arrancar su tren cuando realmente casi muero. Nuestras miradas permanecieron conectadas mientras se alejaba, como levitando, hasta que la distancia fue demasiada y los obstaculos excesivos. Morí al perder la energia de su mirada, pero vivo cada vez que la recuerdo y que la siento.
 
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Publicado por en 11 enero, 2007 en Encuentros, Relatos

 

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