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Cálido, luminoso, demoledor

02 Abr
A quien no fascina, asusta. Quien no lo adora, lo teme. Pero todos lo respetan.
 
Hipnotiza su visión y cuesta apartar la mirada de sus formas, a la vez suaves y agresivas. Pero él, quizas reacio a su admiración, seca las retinas y hace llorar.
 
Ni sólido, ni líquido. Es, dicen, un gas, pero no ajeno a la gravedad, permanece amarrado firmemente a sus raices mientras lucha por crecer, por avanzar, por abarcar todo lo que el aire le permita. Sube, se expande, arrasa.
 
Su luz es tan cálida, acogedora y atractiva como el calor que emana. Cuando su tamaño es escaso, nunca da la sensación de estar lo suficientemente cerca. Pero es facil de averiguar. Unos segundos demasiado próximo y ya falta el oxigeno, y casi arde la piel.
 
Darle fuerza, un gran error. La gran belleza de que dispone cuando se encuentra controlado, se convierte en destrucción cuando da rienda suelta a su poder. Se desliza por las superficies orgánicas empujado por el viento, consumiendo el aire; y solo se frena, o se reduce, o incluso muere, con la presencia del agua, no sin antes calentar hasta el extremo y evaporar parte de ésta.
 
Por muy feroz que sea, cuando le falta el oxigeno o algo que quemar, tímidamente, se duerme, se ahoga, muere.
 
El milagro del fuego. Tan bello como demoledor. Tan personal que es un elemento por si solo. El fuego: cálido, luminoso…
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Publicado por en 2 abril, 2006 en txt

 

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